Semblanza

La biografía de Don Roberto abarca en hechos lo que viven, en condiciones normales, muchos hombres. Su pasión por el trabajo fue tan sólo una de sus facetas. Otra fue su energía capaz de transformar el entorno de su ciudad, de su estado, de su país. Nada lo hizo más feliz que ver niños y jóvenes estudiando, preparándose para un mañana más promisorio, por ello dedicó horas interminables a apoyar a la educación en su tierra.

Este libro es un anhelo largamente acariciado. A lo largo de muchos años de conversaciones con él, traté de convencerlo de escribir su vida. Me contestaba con honestidad, uno de los valores más grandes que cultivó: “No me creo merecedor de un libro sobre mi vida. Yo no he hecho más que mi deber, aporté un grano de arena al desarrollo, eso es todo”. Quise demostrarle que su obra, su persona, ya no le pertenecían a él, sino a la historia de Querétaro y a la Patria. Que era importante escribirla mientras él pudiera revisar la información y corregirla. Finalmente, luego de mucha insistencia
de mi parte, aceptó.

Pudimos conversar de sus primeros años, por lo que su infancia y adolescencia están narradas por él, pero la enfermedad que le afectó el habla no nos permitió que el resto de su vida estuviera descrito en primera persona, como era nuestra intención.

Cuando uno se asoma al mar interminable de sus obras, no puede menos que asombrarse de su fuerza, su energía y vigor, porque pareciera que en otros tiempos se multiplicaba: había un Roberto Ruiz Obregón entregado a la fundación de los organismos civiles que habrían de transformar la vida tranquila del Querétaro del medio siglo; había otro entusiasta industrial dedicado a su negocio, a hacerlo crecer y consolidarse; uno más tendía la mano a la juventud estudiosa; otro Don Roberto acompañaba a los amigos en los momentos de dicha y más aún cuando la enfermedad o la adversidad los afectaban. Y el más importante: un papá y marido, presente siempre con su familia, con su amorosa esposa, con sus hijos,
nietos y en los últimos años, bisnietos.

¿Cómo lo logró? Con una vitalidad impresionante, con la fuerza excepcional y la inteligencia asombrosa con que el Señor lo dotó. Pero más aún, como lo resume su amigo de toda la vida, Don Luisito Rubio: “porque Roberto tuvo la convicción y el compromiso de saber que todo lo que logró fue porque Dios lo nombró administrador de una fortuna, para bien de los demás”.

Don Roberto no quiso lo bueno de la vida únicamente para sí mismo. Sólo fue feliz cuando lo compartía con los demás. Una vez me dijo, sintetizando sus pensamientos al respecto: “¿De qué me serviría tener muchas camisas iguales en un clóset, si no las puedo usar todas a la vez?” Aquella frase me recuerda el cuento
inmemorial del hombre feliz, el que no tenía camisa. Don Roberto fue un hombre feliz, ciertamente con camisa, pero su felicidad provino del fondo de un alma buena y transparente, que se sintió plena
en el momento de compartir con los que le rodearon, a veces abiertamente, muchas otras con prudencia y en silencio, las prendas con que pueden vestirse para vencer la pobreza, la ignorancia, la enfermedad: las camisas resplandecientes de la educación, el trabajo y las oportunidades de hacer algo en beneficio de los demás.

Y al hacerlo, al crear los clubes de servicio, las instituciones de beneficencia, las escuelas primarias, al apoyar a las universidades y los centros de capacitación, al trabajar tanto y con tanta intensidad al servicio del prójimo, Don Roberto aumentó la luminosidad de su sonrisa, porque hizo cientos de amigos, porque fue ejemplo para miles de jóvenes, porque nos dio la prueba fehaciente de que, disfrutando de la vida, felizmente, se puede transformar el mundo y seguir siendo, hasta el final, ejemplo de dignidad, fortaleza e integridad humanas.

Araceli Ardón